los zopilotes de el fresno

En los días de canícula

la bóveda de añil ahuyenta las nubes.

Solamente las sombras 

de los zopilotes me dan

un respiro aquí.

Esas sirenas aladas

cantan y descienden, envueltas

en sus plumas de óxido y noche.

Mi nombre rueda en sus picos,

mezclado con la médula y sangre 

de sus víctimas.

Sacrificio, hambre, calor:

me invitan a una suspensión perpetua.

Caminando por el rancho

llego a sentir su vuelo encima de mí.

Su serenata bella se intensifica 

con el ardor del suelo.

La tierra vibra, queriendo ser cristal, 

y crea espejismos

que me multiplican infinitamente.

Danzo yo y danzan mil.

Me preparo en un rito de carne

que pronto volará con sus bocas.

Seré uno con el cielo, seré uno 

en cada ave.

Y de pronto, los zopilotes descienden 

para hurgar en los huesos 

de un toro.

Sus cuernos se elevan, le dan asiento 

a las sirenas, y las moscas escapan

de las costillas del cadáver.

Una ánima de zumbidos sale

y cae con cuidado sobre las aves

que se cansaron de mí.

El esqueleto de perla brilla

al recibir el vuelo que me negaron 

las sirenas.

No es mi turno de morir.

Que lástima.

por Raúl Morales

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